RESEÑA HISTÓRICA

Celebrar los 130 años del Don Bosco La Tola significa volver la mirada hacia una historia nacida entre esperanzas, dificultades políticas y una confianza inquebrantable en la educación. En sus patios, aulas y talleres se ha escrito una parte fundamental de la presencia salesiana en el Ecuador. La Tola no fue solamente un establecimiento escolar: desde sus orígenes fue casa, oratorio, escuela, taller, iglesia y punto de encuentro para un barrio popular de Quito. Por ser la primera obra propia de la Congregación en el país, es reconocida como la Casa Madre de la educación salesiana ecuatoriana. Su trayectoria confirma que el sueño de Don Bosco echó raíces en los Andes para servir a la niñez y la juventud. Su legado sigue vivo.

La historia comenzó antes de la fundación del colegio. El arzobispo de Quito, monseñor José Ignacio Ordóñez, y el presidente José María Plácido Caamaño gestionaron personalmente la llegada de los hijos de Don Bosco.

El santo fundador aceptó el pedido y destinó una expedición de ocho salesianos, encabezada por el padre Luis Calcagno. El grupo llegó a Quito el 28 de enero de 1888, pocos días antes de la muerte de Don Bosco en Turín. Invitados por el Gobierno ecuatoriano, asumieron la dirección del Protectorado Católico de Artes y Oficios, institución dedicada a la formación de niños y jóvenes, especialmente pobres y huérfanos. Allí pusieron en marcha talleres de mecánica, electricidad, sastrería, zapatería, carpintería, imprenta y encuadernación. El 18 de febrero abrieron también el Oratorio Festivo y, desde abril, comenzaron formalmente las clases y la enseñanza de oficios.

La propuesta obtuvo pronto el reconocimiento de la sociedad quiteña. Los salesianos unían la enseñanza técnica con la formación humana y cristiana: preparaban para el trabajo, cultivaban la fe y ofrecían un ambiente de familia. La experiencia favoreció nuevas presencias en Sangolquí, Riobamba, Cuenca y Gualaquiza. Sin embargo, la inestabilidad política les hizo comprender que necesitaban una propiedad propia para asegurar su misión en Quito. La urgencia aumentó cuando la Revolución Liberal transformó el escenario nacional y tensó las relaciones con varias instituciones de la Iglesia.

En ese contexto apareció La Tola, sector situado en las faldas del Itchimbía y habitado principalmente por familias trabajadoras que necesitaban oportunidades educativas. El hermano coadjutor Jacinto Pancheri conocía bien el terreno. Como técnico y constructor, estudiaba la posibilidad de aprovechar las aguas del río Machángara para producir energía y proyectaba obras hidráulicas, incluida la apertura de un túnel bajo la colina. El padre Calcagno comprendió que el predio podía servir para ese proyecto o, posteriormente, para una nueva obra salesiana. Aquella intuición marcaría el destino del barrio.

El 19 de marzo de 1896, los salesianos adquirieron por 8.500 sucres una propiedad de Manuel C. Cuvi, con una vieja casa de campo y una pequeña capilla dedicada a la Virgen del Rosario. Al día siguiente, el padre Calcagno, el padre Santinelli y otros miembros de la comunidad tomaron posesión llevando un cuadro de Don Bosco. La institución recibió el nombre de Colegio Don Bosco, en homenaje al fundador. El proyecto consistía en levantar un instituto profesional popular que integrara enseñanza, capacitación laboral, evangelización y acompañamiento juvenil. Fue una apuesta de futuro en uno de los momentos políticos más inciertos del país.

Pocos meses después, la persecución desembocó en la confiscación de las obras y el destierro de los salesianos. La comunidad abandonó el Protectorado y varios religiosos partieron al Perú; La Tola también fue confiscada. Jacinto Pancheri pudo permanecer en el Ecuador por ser hermano coadjutor y no sacerdote. El Gobierno lo designó custodio del inmueble y él lo defendió frente a quienes intentaron apoderarse de sus bienes. Sus gestiones permitieron recuperar La Tola y la propiedad de Sangolquí. Mientras la Congregación permanecía en el exilio, Pancheri cuidó la semilla que otros habían sembrado.

El 30 de agosto de 1896, fiesta de Santa Rosa de Lima, Pancheri, el hermano Marelli y siete jóvenes entre aspirantes y novicios se reunieron en La Tola. La historiografía salesiana considera aquella fecha el inicio oficial del Instituto Don Bosco, primera obra salesiana propia del Ecuador. Había una casa modesta, una capilla pequeña y una comunidad reducida, pero también la voluntad de continuar. El origen institucional quedó asociado a la perseverancia, el trabajo compartido y la confianza en María Auxiliadora: una respuesta educativa y pastoral que se negó a abandonar a los jóvenes.

El 23 de diciembre de 1896 llegó desde Riobamba el padre Antonio Fusarini, nombrado director interino. Con recursos limitados, reanudó los trabajos de adecuación y organizó el Oratorio Festivo para educar y catequizar a los niños del barrio. Los preparaba para los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, al tiempo que atendía pastoralmente a las familias de La Tola.

Su labor mantuvo viva la presencia salesiana hasta finales de 1899. Mientras tanto, en Quito crecía el deseo de que regresaran los religiosos desterrados. Cooperadores, exalumnos, obreros, madres de familia y autoridades eclesiásticas defendieron públicamente los beneficios de su obra. El arzobispo Pedro Rafael González Calisto escribió a Don Miguel Rúa, primer sucesor de Don Bosco, expresando que la ausencia de aquellos colaboradores resultaba insustituible. El clamor popular podía resumirse en una frase:

“¡Que vuelvan los salesianos!”.

El regreso definitivo estuvo ligado al padre Guido Rocca. Había sido desterrado y trabajaba en el Perú, donde participó en la fundación de una casa salesiana y en la formación de novicios. Cuando recibió la orden de retornar al Ecuador, sabía que continuaba vigente la prohibición de entrada para sacerdotes y religiosos extranjeros. Según las crónicas recogidas por los historiadores salesianos, ingresó utilizando documentos que lo presentaban como agregado comercial de una delegación interesada en estudiar la industria azucarera. Después de pasar por Guayaquil y Riobamba, llegó sigilosamente a Quito el 13 de diciembre de 1899. La larga travesía reflejaba la convicción de que La Tola debía sobrevivir.

Al día siguiente, el padre Rocca celebró la Eucaristía en la pequeña capilla, llena de vecinos. En el centro estaba el cuadro de María Auxiliadora que Don Bosco había entregado a los misioneros al despedirlos. Aquel signo enlazaba directamente la obra quiteña con el corazón del fundador. El 5 de enero de 1900 se reabrieron el internado, la escuela primaria, los talleres para artesanos y el Oratorio Festivo. El 24 de mayo, fiesta de María Auxiliadora, se realizó la inauguración del colegio artesanal con talleres de carpintería, escultura y mecánica, en presencia del arzobispo González Calisto y de numerosos habitantes de Quito. El oratorio empezó con aproximadamente veinticinco muchachos y, con el tiempo, llegó a congregar a más de seiscientos. La respuesta del barrio confirmó que la obra atendía una necesidad real.

Durante los años siguientes se ampliaron los talleres de sastrería, zapatería, herrería, carpintería, imprenta y curtiembre, junto con la enseñanza técnico-comercial. En esos espacios, los jóvenes aprendían un oficio, disciplina de trabajo y responsabilidad social. La técnica no era entendida solamente como medio de producción, sino como camino para dignificar la vida y ofrecer autonomía a quienes tenían pocas oportunidades. Pancheri dirigió además obras de agua y electricidad. El sistema hidráulico de producción energética fue inaugurado en 1905 y permitió fortalecer el funcionamiento de los talleres y contribuir al desarrollo urbano del sector. La Tola se convirtió así en un laboratorio de educación, tecnología y servicio comunitario.

La consolidación también exigió defender la honra institucional. Las acusaciones de mala administración formuladas contra los salesianos durante el conflicto político fueron desvirtuadas mediante el laudo judicial del 23 de abril de 1902. La resolución reconoció su inocencia y ordenó una compensación de 16.000 sucres por los perjuicios sufridos. Antes de ese fallo, obreros, familias y sectores de la prensa ya habían manifestado su apoyo, señalando los beneficios sociales y educativos generados por la Congregación. La victoria jurídica no borró el dolor del destierro, pero permitió recuperar legitimidad pública y continuar la obra con mayor estabilidad.

El crecimiento de La Tola contó con el respaldo de la Iglesia ecuatoriana. Monseñor José Ignacio Ordóñez impulsó la llegada de los salesianos; González Calisto acompañó los años de persecución y retorno; Federico González Suárez brindó apoyo moral; y Manuel María Pólit Lasso favoreció especialmente el Oratorio Festivo. El colegio fue sostenido por una red de religiosos, laicos, cooperadores, exalumnos, benefactores, familias y vecinos. El espíritu de familia, esencial en el Sistema Preventivo, estuvo presente tanto en la pedagogía como en la manera comunitaria de sostener la institución.

A medida que avanzó el siglo XX, el Instituto Don Bosco se convirtió en un referente cultural, religioso y educativo de Quito. La capilla inicial dio paso al templo de María Auxiliadora, integrado al paisaje y a la identidad del barrio. Las celebraciones litúrgicas, veladas artísticas, procesiones, actividades deportivas y encuentros juveniles hicieron de la obra un centro de vida comunitaria. El patio salesiano adquirió un significado especial: allí se enseñaba, se jugaba, se celebraba y se acompañaba. El colegio ofrecía lo que Don Bosco había imaginado para sus casas: un hogar que acoge, una escuela que prepara para la vida, una parroquia que evangeliza y un patio donde encontrarse como amigos.

La oferta académica evolucionó junto con las necesidades sociales. En 1947 se fortaleció la formación de bachilleres técnicos con prácticas en Mecánica Automotriz, Mecánica Industrial, Carpintería y Artes Prácticas.

 En 1951 se autorizó el bachillerato en Humanidades y, a mediados de 1957, se graduaron sus primeros bachilleres. En 1966 fueron aprobados nuevos planes para Humanidades y para especialidades técnicas como Mecánica Industrial, Electricidad, Artes Gráficas y Radiotecnia.

Con el paso de las décadas, el colegio continuó adaptándose a los cambios educativos, tecnológicos y sociales, sin abandonar su identidad. La actual Unidad Educativa Fiscomisional Salesiana Don Bosco conserva la misión de “educar evangelizando y evangelizar educando”. Su propuesta busca la formación de buenos cristianos y honrados ciudadanos: personas académicamente competentes, solidarias, responsables y capaces de transformar su entorno. En 2024, la institución atendía a más de dos mil estudiantes y se mantenía como uno de los principales referentes educativos del sector. Su vida cotidiana integra educación formal, pastoral, deporte, arte, asociacionismo juvenil, servicio solidario y acompañamiento a las familias. El aumento de estudiantes desbordó la capacidad física de La Tola, por lo que se decidió construir otro complejo en el sector de la Kennedy. El nuevo edificio técnico fue inaugurado el 16 de octubre de 1968. Allí se trasladaron las especialidades industriales, mientras La Tola mantuvo la escuela elemental y el bachillerato en Humanidades y Técnicos. Esta expansión no significó una ruptura, sino la multiplicación de una obra nacida en la Casa Madre.

Al conmemorar 130 años, la comunidad no celebra únicamente la permanencia de un edificio o de un nombre. Celebra una misión que ha atravesado revoluciones, destierros, dificultades económicas, transformaciones urbanas y reformas educativas. Los desafíos actuales —la cultura digital, las nuevas pobrezas, la migración, la crisis ambiental y la necesidad de una educación inclusiva— exigen actualizar la respuesta salesiana. Por eso, el Proyecto Educativo Pastoral Salesiano continúa colocando al joven en el centro y entiende la educación como “cuestión del corazón”. La historia inspira, pero también compromete: obliga a escuchar las nuevas realidades y a responder con creatividad, cercanía y esperanza.

Don Bosco La Tola es, finalmente, una historia de fidelidad. La fidelidad de los primeros misioneros enviados por Don Bosco; la de Pancheri, que custodió la propiedad cuando todo parecía perdido; la de Fusarini y Rocca, que reconstruyeron la comunidad; la de educadores y salesianos que hicieron de los talleres instrumentos de dignidad; y la de generaciones de estudiantes, familias, exalumnos y colaboradores que mantuvieron viva la obra. Desde aquella pequeña capilla del Rosario hasta la comunidad educativa de hoy, permanece una misma convicción: cada joven merece ser amado, acompañado y preparado para la vida. A los 130 años, la Casa Madre continúa caminando bajo la protección de María Auxiliadora, renovando el sueño de Don Bosco en el corazón de Quito.